Tenías unos ojos color melancolía, grises, opacos... pero nunca pude evitar perderme en la oscuridad de tu mirada. Era un túnel sin salidas aledañas que había que recorrer de principio a fin, un pozo profundo y estrecho a través del cual me dejaba caer al vacío para chocar, una vez más, contra el suelo tan duro como tu indiferencia.
De madrugada me levantaba y me paraba justo en la punta de la cama. Te despertabas y mirabas como dejaba deslizar la bata y te ofrecía mi cuerpo desnudo. Solo en ese momento podía ver el brillo en tus ojos, era un instante de lujuria que avivaba las llamas de tu alma; entonces el fuego iluminaba la salida del túnel de tu mirada.
Me acerqué lentamente y dejé que me tomaras del brazo para dejarme caer sobre la cama.
(Continuará...)
viernes, 28 de marzo de 2008
jueves, 20 de marzo de 2008
Fantasía
El repiqueteo de los tacos -que marcaban el ritmo de los pasos apurados y en contramarcha- se diluyó en el momento justo en el que el quejido de la madera me dejó adivinar que ya estabas sobre la cama. Después llegaron hasta mis oídos susurros que, a fuerza de contener la respiración, se transformaban en gemidos apagados. Podía escuchar los golpes de la cabecera tu cama al golpear contra la pared de mi cuarto. Comenzaban lentos y poco a poco se aceleraban hasta alcanzar un ritmo constante.
La sonoridad de tus noches de pasión me producían un extraño y, hasta el momento, desconocido placer. Y era tal la intensidad que, medianera de por medio, podía escuchar tu respiración acelerada y profunda. Había aguzado tanto el oído, en pos del infinito placer que me producía, que alcanzaba a escuchar el chasquido de tus labios al recorrer su cuerpo.
Cuando los golpes contra la pared se detenían me quedaba en silencio para escuchar el preciso instante en el que exhalabas con la intensidad de una tormenta tropical, vehemente y estrepitosa; y sin poder evitarlo, yo también me dejaba arrastrar por aquella corriente huracanada.
Y así fue como noche a noche aprendí a alimentar mi fantasía, a inventarte un rostro y recorrer tu silueta que se me antojaba exageradamente voluptuosa y por demás curvilínea. Y tan perdido estaba en tu rítmica respiración acelerada, que olvide llamar a Virginia.
Los días interminables morían en noches húmedas de las que me apoderaba sin permiso. No sabía de tus párpados cerrados, de tu lengua asomándose entre tus labios humedeciéndolo todo, de tus caricias incesantes, de tu piel suave... Pero sabía que le suplicabas al oído que te hiciera suya, que podías suspirar y reír al mismo tiempo y que respirabas profundamente hasta ahogar los gemidos.
Caminaba por la calle mirando al piso intentando no vulnerar el anonimato de los casuales transeúntes que se cruzaban en mi camino. Prefería que siguieran siendo eternamente desconocidos. Como vos, la desconocida que cada noche alimentaba mi fantasía. Y al recordar tu voz entrecortada apuré el paso para llegar antes a mi casa. No sé en que momento deje de caminar rápidamente para correr a toda velocidad, pero recuerdo el momento en el que me vi obligado a detener la marcha. Fue un sollozo, un llanto contenido y profundo, un pedido de consuelo en silencio. Estabas sentada en el cordón de la vereda conteniendo las lágrimas. Me senté a tu lado, te sequé las lágrimas suavemente con las yemas de los dedos. Tus párpados se cerraron y no pude evitar besarte en los labios.
Me tomaste de la mano y me pediste que te acompañara hasta tu casa. Y por primera vez en mucho tiempo anochecía y yo no estaba encerrado en mi cuarto inmerso en el más absoluto silencio. Te besé en cada esquina, te acaricié en cada umbral en penumbras te dije cuanto te deseaba al oído.
Buscabas las llaves dentro de tu bolso y ambos nos sorprendimos cuando el que abrí la puerta fui yo. Subimos al ascensor, te pregunté en qué piso vivías y me estremecí con la respuesta. Tu puerta estaba junto a la mía. Eras la mujer que había imaginado cada noche desde hacía un año.
Me encerré en mi departamento, prendí la radio y subí el volumen. Mientras la música sonaba frenética comencé a hurgar dentro de los cajones de los muebles, en la pila de papeles sobre la mesa, entre las página de los libros a medio terminar. Y mientras rogaba que no fuera demasiado tarde,
intentaba recordar donde había guardado el número de teléfono de
Virginia.
La sonoridad de tus noches de pasión me producían un extraño y, hasta el momento, desconocido placer. Y era tal la intensidad que, medianera de por medio, podía escuchar tu respiración acelerada y profunda. Había aguzado tanto el oído, en pos del infinito placer que me producía, que alcanzaba a escuchar el chasquido de tus labios al recorrer su cuerpo.
Cuando los golpes contra la pared se detenían me quedaba en silencio para escuchar el preciso instante en el que exhalabas con la intensidad de una tormenta tropical, vehemente y estrepitosa; y sin poder evitarlo, yo también me dejaba arrastrar por aquella corriente huracanada.
Y así fue como noche a noche aprendí a alimentar mi fantasía, a inventarte un rostro y recorrer tu silueta que se me antojaba exageradamente voluptuosa y por demás curvilínea. Y tan perdido estaba en tu rítmica respiración acelerada, que olvide llamar a Virginia.
Los días interminables morían en noches húmedas de las que me apoderaba sin permiso. No sabía de tus párpados cerrados, de tu lengua asomándose entre tus labios humedeciéndolo todo, de tus caricias incesantes, de tu piel suave... Pero sabía que le suplicabas al oído que te hiciera suya, que podías suspirar y reír al mismo tiempo y que respirabas profundamente hasta ahogar los gemidos.
Caminaba por la calle mirando al piso intentando no vulnerar el anonimato de los casuales transeúntes que se cruzaban en mi camino. Prefería que siguieran siendo eternamente desconocidos. Como vos, la desconocida que cada noche alimentaba mi fantasía. Y al recordar tu voz entrecortada apuré el paso para llegar antes a mi casa. No sé en que momento deje de caminar rápidamente para correr a toda velocidad, pero recuerdo el momento en el que me vi obligado a detener la marcha. Fue un sollozo, un llanto contenido y profundo, un pedido de consuelo en silencio. Estabas sentada en el cordón de la vereda conteniendo las lágrimas. Me senté a tu lado, te sequé las lágrimas suavemente con las yemas de los dedos. Tus párpados se cerraron y no pude evitar besarte en los labios.
Me tomaste de la mano y me pediste que te acompañara hasta tu casa. Y por primera vez en mucho tiempo anochecía y yo no estaba encerrado en mi cuarto inmerso en el más absoluto silencio. Te besé en cada esquina, te acaricié en cada umbral en penumbras te dije cuanto te deseaba al oído.
Buscabas las llaves dentro de tu bolso y ambos nos sorprendimos cuando el que abrí la puerta fui yo. Subimos al ascensor, te pregunté en qué piso vivías y me estremecí con la respuesta. Tu puerta estaba junto a la mía. Eras la mujer que había imaginado cada noche desde hacía un año.
Me encerré en mi departamento, prendí la radio y subí el volumen. Mientras la música sonaba frenética comencé a hurgar dentro de los cajones de los muebles, en la pila de papeles sobre la mesa, entre las página de los libros a medio terminar. Y mientras rogaba que no fuera demasiado tarde,
intentaba recordar donde había guardado el número de teléfono de
Virginia.
jueves, 28 de febrero de 2008
Advertencia
Te advertí que no te mordieras el labio inferior cuando me mirabas, que no te relamieras de deseo mientras te acercabas. Que no me acosaras con tu respiración agitada. Te pedí que no me acariciaras tan suavemente el rostro, que no hurgaras debajo de mi camisa arrugada para deslizar las yemas de tus dedos sobre mi pecho. Te supliqué que no me besaras tan húmeda y apasionadamente, que no lamieras mi oreja ¡Impiadosa y salvaje criatura!
Me arrojaste sobre la cama e hiciste cuanto quisiste conmigo y yo me dejaba intentando de cuando en cuando tomar la iniciativa. Por momentos las sábanas revueltas se convertían en un ring en el que nos disputábamos cuerpo a cuerpo el control del uno sobre el otro. Pocas veces cedías y muchas otras me dejaba vencer.
Te advertí que no te mordieras el labio inferior cuando lo mirabas, que no te relamieras de deseo mientras te le acercabas. Que no lo acosaras con tu respiración agitada. Te pedí que no hurgaras debajo de su camisa arrugada para deslizar las yemas de tus dedos sobre su pecho. Te supliqué que no lo besaras tan húmeda y apasionadamente, que no lamieras su oreja ¡Amada y venerada criatura!
De qué sirvieron mis advertencias si ahora espero junto a tu cuerpo, mientras se desangra entre sábanas revueltas y aún con el revólver entre las manos que amanezca.
Me arrojaste sobre la cama e hiciste cuanto quisiste conmigo y yo me dejaba intentando de cuando en cuando tomar la iniciativa. Por momentos las sábanas revueltas se convertían en un ring en el que nos disputábamos cuerpo a cuerpo el control del uno sobre el otro. Pocas veces cedías y muchas otras me dejaba vencer.
Te advertí que no te mordieras el labio inferior cuando lo mirabas, que no te relamieras de deseo mientras te le acercabas. Que no lo acosaras con tu respiración agitada. Te pedí que no hurgaras debajo de su camisa arrugada para deslizar las yemas de tus dedos sobre su pecho. Te supliqué que no lo besaras tan húmeda y apasionadamente, que no lamieras su oreja ¡Amada y venerada criatura!
De qué sirvieron mis advertencias si ahora espero junto a tu cuerpo, mientras se desangra entre sábanas revueltas y aún con el revólver entre las manos que amanezca.
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lunes, 11 de febrero de 2008
Eternamente virtuosa
Me dejé llevar. Fue un momento debilidad. Comenzaste a besarme cariñosamente en los labios, luego apasionadamente en el cuello hasta que las caricias se convirtieron en un intercambio de deseo mutuo. Entonces dejé que de a poco tocaras mis muslos por debajo de la falda del vestido. Pero en medio del arrebato de pasión asomó la vergüenza, y entonces asustada tome tus manos y las apoyé sobre mi falda, donde pudiera verlas. Pero tus labios tenían un efecto poderoso que lograban hacerme perder el pudor.
Descubriste mis senos y comenzaste a acariciarlos, con la misma técnica con la que me habías besado. Primero delicadamente, para segundos después darle rienda suelta a la pasión. Entonces los apretabas hasta donde sabías que el placer se convertía en dolor; entonces te detenías para volver a empezar. Te sacaste la camisa, y aunque me debatía entre mis deseos y los prejuicios, dejé que me quitaras la ropa simulando una estúpida resistencia que te animaba a convencerme para que te dejara desvestirme.
Y así, desnudos y desprejuiciados, despojados tanto de ropa como de vergüenza dejé que me recostaras sobre la cama de aquella húmeda habitación de ese hotel de mala muerte.
Tu lengua recorría cada rincón de mi cuerpo encendiéndolo, despertándolo... La habilidad con la que tus dedos fácilmente encontraban el lugar donde llegaba a estremecerme se contraponía con la torpeza de mis manos inexpertas que dóciles esperaban que las guiaras con las tuyas a alguna parte desconocida de tu cuerpo...
Sabía que llegaría el momento en el que me tomarías, y con la autorización de un permiso casi implícito a causa de la desnudes y los besos de común acuerdo, me arrebatarías mi virginidad. Ya no podría reclamarte nada, en un segundo aquello que había guardado como un tesoro se lo daría como una ofrenda a aquel hombre, que con apasionada obstinación recorría mi cuerpo con su lengua y sus dedos.
Pero la duda llega en los peores momentos. Nunca con anticipación, con un tiempo prudencial para dejarnos pensar. Y la duda llegó, en el peor momento.
Me incorporé tan rápidamente que no te di tiempo a que me sujetaras para impedir que me levantara. Con la promesa de regresar pronto, te abandoné allí tendido en la cama con una expresión mezcla de confusión y odio.Me encerré en el baño. Tomé un toallón blanco y cubrí mi cuerpo avergonzado y aún sacudido por tantas sensaciones desconocidas. Me lavé la cara con el agua turbia y helada que salía del lavamanos y comencé a pensar como escapar de aquel lugar resguardando aquello que era mío y que no estaba dispuesta a dar. Podría haber entrado nuevamente a la habitación para explicarte que no era el momento, que no estaba segura, que necesitaba tiempo; pero unas cuantas caricias tuyas me hubieran devuelto a la cama sin más.
Observé la ventanita entreabierta ubicada frente a la ducha y luego de un rato de cálculos a ojo me convencí que podía pasar por aquella abertura. Primero las piernas, luego apoyaría mis nalgas sobre el marco, apoyaría los pies y una vez afirmada deslizaría lentamente el resto del cuerpo. Después era cuestión de tomar el primer taxi que pasara y huir, lejos y avergonzada lo más rápido posible.Golpeaste la puerta del baño, ante la falta de respuesta de mi parte intentaste abrirla, pero yo había tenido la precaución de cerrarla con lleve. Me preguntaste varias veces si me sentía bien, si me pasaba algo. Me mantuve en silencia acrecentando tu incertidumbre, entonces comenzaste a forcejear la manija. Entonces, acorralada pasé rápidamente las piernas al otro lado de la ventanita. Me senté sobre el marco y me deslicé para hacer pie...
Un golpe seco y terminante se fundió en los gritos desesperados de los casuales transeúntes y el ladrido de los perros. Derribaste la puerta con esa brutalidad masculina sensual en esencia, pero la prueba de tu virilidad llegó a destiempo. Mi cuerpo desnudo, aún virtuoso, se encontraba tendido e inmóvil sobre la acera.
Descubriste mis senos y comenzaste a acariciarlos, con la misma técnica con la que me habías besado. Primero delicadamente, para segundos después darle rienda suelta a la pasión. Entonces los apretabas hasta donde sabías que el placer se convertía en dolor; entonces te detenías para volver a empezar. Te sacaste la camisa, y aunque me debatía entre mis deseos y los prejuicios, dejé que me quitaras la ropa simulando una estúpida resistencia que te animaba a convencerme para que te dejara desvestirme.
Y así, desnudos y desprejuiciados, despojados tanto de ropa como de vergüenza dejé que me recostaras sobre la cama de aquella húmeda habitación de ese hotel de mala muerte.
Tu lengua recorría cada rincón de mi cuerpo encendiéndolo, despertándolo... La habilidad con la que tus dedos fácilmente encontraban el lugar donde llegaba a estremecerme se contraponía con la torpeza de mis manos inexpertas que dóciles esperaban que las guiaras con las tuyas a alguna parte desconocida de tu cuerpo...
Sabía que llegaría el momento en el que me tomarías, y con la autorización de un permiso casi implícito a causa de la desnudes y los besos de común acuerdo, me arrebatarías mi virginidad. Ya no podría reclamarte nada, en un segundo aquello que había guardado como un tesoro se lo daría como una ofrenda a aquel hombre, que con apasionada obstinación recorría mi cuerpo con su lengua y sus dedos.
Pero la duda llega en los peores momentos. Nunca con anticipación, con un tiempo prudencial para dejarnos pensar. Y la duda llegó, en el peor momento.
Me incorporé tan rápidamente que no te di tiempo a que me sujetaras para impedir que me levantara. Con la promesa de regresar pronto, te abandoné allí tendido en la cama con una expresión mezcla de confusión y odio.Me encerré en el baño. Tomé un toallón blanco y cubrí mi cuerpo avergonzado y aún sacudido por tantas sensaciones desconocidas. Me lavé la cara con el agua turbia y helada que salía del lavamanos y comencé a pensar como escapar de aquel lugar resguardando aquello que era mío y que no estaba dispuesta a dar. Podría haber entrado nuevamente a la habitación para explicarte que no era el momento, que no estaba segura, que necesitaba tiempo; pero unas cuantas caricias tuyas me hubieran devuelto a la cama sin más.
Observé la ventanita entreabierta ubicada frente a la ducha y luego de un rato de cálculos a ojo me convencí que podía pasar por aquella abertura. Primero las piernas, luego apoyaría mis nalgas sobre el marco, apoyaría los pies y una vez afirmada deslizaría lentamente el resto del cuerpo. Después era cuestión de tomar el primer taxi que pasara y huir, lejos y avergonzada lo más rápido posible.Golpeaste la puerta del baño, ante la falta de respuesta de mi parte intentaste abrirla, pero yo había tenido la precaución de cerrarla con lleve. Me preguntaste varias veces si me sentía bien, si me pasaba algo. Me mantuve en silencia acrecentando tu incertidumbre, entonces comenzaste a forcejear la manija. Entonces, acorralada pasé rápidamente las piernas al otro lado de la ventanita. Me senté sobre el marco y me deslicé para hacer pie...
Un golpe seco y terminante se fundió en los gritos desesperados de los casuales transeúntes y el ladrido de los perros. Derribaste la puerta con esa brutalidad masculina sensual en esencia, pero la prueba de tu virilidad llegó a destiempo. Mi cuerpo desnudo, aún virtuoso, se encontraba tendido e inmóvil sobre la acera.
martes, 5 de febrero de 2008
Inadvertido IV
Vi como te alejabas caminando por el medio de la calle de adoquines. Te paraste en cada esquina para besarlo y él, dócil, se dejaba. Vos y tu pasión se le arrojaban encima; le tomabas el rostro a la fuerza, con autoridad, como si quisieras besarlo contra su voluntad. Entonces él te tomaba precipitadamente de la cintura para luego dejar caer sus manos hasta tus muslos como por descuido. Cuando él creía que eras presa de su virilidad te zafabas de sus brazos y lo tomabas de la mano y nuevamente emprendían juntos el camino hasta tu casa. Querías que supiera que lo habías besado porque te había dado la gana y te habías dejado besar por la misma razón. Y así, caprichosamente le arrebataste cualquier posibilidad de atribuirse los méritos de la conquista.
Buscaste durante varios minutos las llaves de tu casa que estabas segura de haber guardado en aquel enorme y raído bolso de cuero marrón con el que ibas a todos lados desafiando a la elegancia. Cruce la calle rápidamente, tomé aire y le clavé al tipo el puñal por la espalda. Una puñalada certera que le quitó hasta el último suspiro. Lo maté, y hubiera matado a todos los tipos del mundo, a los que habían estado en tu dormitorio y a los que invitarías. Te quedaste paralizada viendo como caía al piso desangrándose sin remedio. Te tomé por los hombros y te empujé suavemente hasta que apoyaste la espalda contra la pared de la fachada de tu casa. Intenté explicarte que era necesario, que esa noche era la noche que estaba esperando hace tanto tiempo. Que era la noche que ibas a tomarme de la mano para llevarme hasta tu dormitorio. Que íbamos a caminar juntos por el medio de la calle de adoquines burlándonos de los conductores de los pocos autos que pasaban en madrugada. Que subiría aquella escalera sin dejar marcadas mis pisadas en los escalones y prenderíamos la luz de tu dormitorio para que nuestros cuerpos, detrás de la cortina, se dejaran adivinar desde la calle. No me miraste ni una sola vez, no me escuchaste ni por un segundo. Tenías la vista fija en el tipo que había quedado inmóvil sobre la vereda de tu casa. A los gritos me pediste que te suelte y te acercaste al muerto. Suavemente le bajaste los párpados con las yemas de tus dedos, y con una dulzura que me era desconocida, besaste sus labios sin vida.
Te tomé con violencia del brazo evitando el duelo. Te quise besar, pero al sentir mi aliento me escupiste en la cara. Entonces, con el rostro entre las manos comenzaste a llorar. Incapaz de consolarte, como de aceptar aquel triste destino de pasar toda mi vida inadvertido, escondido en un rincón oscuro, oculto en cada esquina, adivinando las posición de tu cuerpo en la cama a través de las siluetas detrás de la ventana de tu cuarto, deseándote en silencio... Tomé el puñal y con la firmeza de una decisión tomada por despecho te lo clavé en el corazón. Te desvaneciste de inmediato. Y mientras agonizabas tendida en la vereda te tomé de la mano esperando convertirme en tu última imagen. Pero tus párpados permanecieron cerrados ¡Estabas muriendo, y ni siquiera en ese momento me miraste!
FIN
Buscaste durante varios minutos las llaves de tu casa que estabas segura de haber guardado en aquel enorme y raído bolso de cuero marrón con el que ibas a todos lados desafiando a la elegancia. Cruce la calle rápidamente, tomé aire y le clavé al tipo el puñal por la espalda. Una puñalada certera que le quitó hasta el último suspiro. Lo maté, y hubiera matado a todos los tipos del mundo, a los que habían estado en tu dormitorio y a los que invitarías. Te quedaste paralizada viendo como caía al piso desangrándose sin remedio. Te tomé por los hombros y te empujé suavemente hasta que apoyaste la espalda contra la pared de la fachada de tu casa. Intenté explicarte que era necesario, que esa noche era la noche que estaba esperando hace tanto tiempo. Que era la noche que ibas a tomarme de la mano para llevarme hasta tu dormitorio. Que íbamos a caminar juntos por el medio de la calle de adoquines burlándonos de los conductores de los pocos autos que pasaban en madrugada. Que subiría aquella escalera sin dejar marcadas mis pisadas en los escalones y prenderíamos la luz de tu dormitorio para que nuestros cuerpos, detrás de la cortina, se dejaran adivinar desde la calle. No me miraste ni una sola vez, no me escuchaste ni por un segundo. Tenías la vista fija en el tipo que había quedado inmóvil sobre la vereda de tu casa. A los gritos me pediste que te suelte y te acercaste al muerto. Suavemente le bajaste los párpados con las yemas de tus dedos, y con una dulzura que me era desconocida, besaste sus labios sin vida.
Te tomé con violencia del brazo evitando el duelo. Te quise besar, pero al sentir mi aliento me escupiste en la cara. Entonces, con el rostro entre las manos comenzaste a llorar. Incapaz de consolarte, como de aceptar aquel triste destino de pasar toda mi vida inadvertido, escondido en un rincón oscuro, oculto en cada esquina, adivinando las posición de tu cuerpo en la cama a través de las siluetas detrás de la ventana de tu cuarto, deseándote en silencio... Tomé el puñal y con la firmeza de una decisión tomada por despecho te lo clavé en el corazón. Te desvaneciste de inmediato. Y mientras agonizabas tendida en la vereda te tomé de la mano esperando convertirme en tu última imagen. Pero tus párpados permanecieron cerrados ¡Estabas muriendo, y ni siquiera en ese momento me miraste!
FIN
domingo, 3 de febrero de 2008
Inadvertido III
Había llegado el día. Esperaba ansioso. Fumé uno tras otro mis cigarrillos obsesionado con el instante en el que llegaras sacudiendo tu largo cabello azabache, simulando una sensual espontaneidad. Pero, al igual que yo, habías estudiado y ensayado una y otra vez cada uno de tus movimientos. Sabías lo que pretendías de los demás y no te permitías margen de error. Con aires de improvisación ejecutabas la escena vez tras vez, igual que siempre.
Caminaste algunos metros hasta quedar rodeada de gente. Le sonreíste seductora y altanera a un grupito de chicos que se excitaron con solo verte. Te diste cuenta que te observaban con esa mirada ingenua de adolescente inexperto. Y cuando el deseo arrastró consigo a la imaginación comenzaron a pensar, como escenas de una película pornográfica, todo lo que harían contigo. Y vos les sonreíste, por puro gusto, de pura puta. Se quedaron con la imagen de tu sonrisa congelada en su mente, el único consuelo que les dabas a quienes deliberadamente condenabas al olvido.Esperé que tomaras unos cuantos sorbos de tu copa. Caminé en línea recta y quedé paralizado. No te diste cuenta, me dabas la espalda. Entonces hice lo que tantas veces. Recorrí con la mirada tu silueta deteniéndome en la sinuosa curva que demarcaba el límite entre tu cintura y tus caderas. Deslicé lentamente la yema de mi dedo índice por tu espalda, entonces volteaste en busca del rostro del osado. Me miraste a los ojos y te mordiste el labio inferior. Entonces me acerqué hasta quedar a unos pocos centímetros de tu boca, sentía tu respiración agitada sobre mi rostro y me acerqué un poco más. Miraste sobre mi hombro y me hiciste a un lado suave, pero con firmeza. Te arrojaste a los brazos de un tipo al que nunca había visto. Lo tomaste de la mano, y cuando creías que nadie te veía, te fuiste del lugar. Y yo, otra vez, te seguí.
(Continuará)
Caminaste algunos metros hasta quedar rodeada de gente. Le sonreíste seductora y altanera a un grupito de chicos que se excitaron con solo verte. Te diste cuenta que te observaban con esa mirada ingenua de adolescente inexperto. Y cuando el deseo arrastró consigo a la imaginación comenzaron a pensar, como escenas de una película pornográfica, todo lo que harían contigo. Y vos les sonreíste, por puro gusto, de pura puta. Se quedaron con la imagen de tu sonrisa congelada en su mente, el único consuelo que les dabas a quienes deliberadamente condenabas al olvido.Esperé que tomaras unos cuantos sorbos de tu copa. Caminé en línea recta y quedé paralizado. No te diste cuenta, me dabas la espalda. Entonces hice lo que tantas veces. Recorrí con la mirada tu silueta deteniéndome en la sinuosa curva que demarcaba el límite entre tu cintura y tus caderas. Deslicé lentamente la yema de mi dedo índice por tu espalda, entonces volteaste en busca del rostro del osado. Me miraste a los ojos y te mordiste el labio inferior. Entonces me acerqué hasta quedar a unos pocos centímetros de tu boca, sentía tu respiración agitada sobre mi rostro y me acerqué un poco más. Miraste sobre mi hombro y me hiciste a un lado suave, pero con firmeza. Te arrojaste a los brazos de un tipo al que nunca había visto. Lo tomaste de la mano, y cuando creías que nadie te veía, te fuiste del lugar. Y yo, otra vez, te seguí.
(Continuará)
domingo, 27 de enero de 2008
Inadvertido II
Caminabas de su mano por el medio de aquella calle de adoquines; como parte del ritual que llevabas a cabo cada noche –pero con diferente protagonista- tomabas de un sorbo todo el contenido de la copa y luego, muerta de risa arrojabas la copa vacía para que se hiciera trizas contra el cordón de la vereda. Besaste a tu amigo larga y apasionadamente, de la única manera que sabías besar. Y yo me relamía pensando en todos los besos que me darías. Caminaron juntos por el medio de la calle esquivando algún que otro coche que te alertaba a bocinazos que te corrieras de su camino. Llegaron a la puerta de tu departamento, lo invitaste a subir. Lo invitaste... como si tuviera opción ¿existe alguien capaz de resistirse a pasar la noche con vos?
Y ese, al que presentaste a todo el mundo como “tu amigo” subió torpemente por la antigua escalera de mármol. Sabía que aquellos enormes y legendarios bloques de piedra blanca inmaculada eran tu debilidad. Perdías horas pasando cuidadosamente un trapo húmedo, escalón por escalón. Luego los frotabas uno por uno con un trapo seco. Nadie sabía, de que de vez en cuando te sacabas la bombacha y te sentabas en uno de los escalones. Nunca entendí ese extraño placer que te producía el frío del mármol sobre tus nalgas. No pude evitar reír cuando reprendiste con dureza a tu amigo, quien apresurado por llegar a tiempo a cumplir con las obligaciones de la pasión, comenzó a subir la escalera sin limpiarse meticulosamente la suela de las botas en el felpudo que habías colocado detrás del umbral de la puerta.
La puerta se cerró. Me senté en el umbral para poder escuchar mejor los pasos alejarse con cada escalón. Prendí un cigarrillo. Tras las cortinas de tu habitación se dibujaban las siluetas de su cuerpo apoderándose del tuyo. Fumé la última pitada y arrojé la colilla al agua acumulada junto al cordón de la vereda de tu casa. Esta vez no pude tolerar ser el espectador de ese ritual que tantas veces había observado. Me consolé pensando que pronto sería yo quien dejara en cada escalón de la inmaculada escalera de mármol marcadas las pisadas.
(Continuará)
Y ese, al que presentaste a todo el mundo como “tu amigo” subió torpemente por la antigua escalera de mármol. Sabía que aquellos enormes y legendarios bloques de piedra blanca inmaculada eran tu debilidad. Perdías horas pasando cuidadosamente un trapo húmedo, escalón por escalón. Luego los frotabas uno por uno con un trapo seco. Nadie sabía, de que de vez en cuando te sacabas la bombacha y te sentabas en uno de los escalones. Nunca entendí ese extraño placer que te producía el frío del mármol sobre tus nalgas. No pude evitar reír cuando reprendiste con dureza a tu amigo, quien apresurado por llegar a tiempo a cumplir con las obligaciones de la pasión, comenzó a subir la escalera sin limpiarse meticulosamente la suela de las botas en el felpudo que habías colocado detrás del umbral de la puerta.
La puerta se cerró. Me senté en el umbral para poder escuchar mejor los pasos alejarse con cada escalón. Prendí un cigarrillo. Tras las cortinas de tu habitación se dibujaban las siluetas de su cuerpo apoderándose del tuyo. Fumé la última pitada y arrojé la colilla al agua acumulada junto al cordón de la vereda de tu casa. Esta vez no pude tolerar ser el espectador de ese ritual que tantas veces había observado. Me consolé pensando que pronto sería yo quien dejara en cada escalón de la inmaculada escalera de mármol marcadas las pisadas.
(Continuará)
viernes, 25 de enero de 2008
Inadvertido
Estaba seguro de poder lograr convertir la cordialidad de tu mirada en pasión. Una pasión desenfrenada. Solo te hacía falta tiempo. Tiempo para poder reconocer en mí aquello con lo que habías soñado. Tiempo para descifrar los mensajes ocultos tras mis chistes inocentes, esos que tenían como único objetivo robarte una carcajada. Una amplia, ruidosa y estrepitosa carcajada. Una de esas con las que lograbas que todas las mujeres presentes te miraran de reojo y los hombres te desearan imaginando lo divertida que debías ser en a cama.
No era timidez, tampoco estaba dilatando el momento en el que me interpondría en tu camino. Simplemente estaba aguardando ese instante que hace tanto tiempo planifico, paso a paso, detalle por detalle. Sabía que te ibas a parar frente a mi y sosteniendo la copa en la mano sonreirías, me tomarías de la mano, suave pero decididamente y me indicarías aquel camino que conocías de memoria a la hora de escapar del lugar, el mismo que usaste anoche cuando creíste que nadie notaría tu ausencia junto con aquel amigo tuyo que hace tiempo no veías. Pero yo te vi.
(Continuará...)
No era timidez, tampoco estaba dilatando el momento en el que me interpondría en tu camino. Simplemente estaba aguardando ese instante que hace tanto tiempo planifico, paso a paso, detalle por detalle. Sabía que te ibas a parar frente a mi y sosteniendo la copa en la mano sonreirías, me tomarías de la mano, suave pero decididamente y me indicarías aquel camino que conocías de memoria a la hora de escapar del lugar, el mismo que usaste anoche cuando creíste que nadie notaría tu ausencia junto con aquel amigo tuyo que hace tiempo no veías. Pero yo te vi.
(Continuará...)
viernes, 4 de enero de 2008
Demonios en el alma V
Atravesaste la puerta lentamente haciéndome a un lado como si estuviera entorpeciendo tu camino hacia la toma del control absoluto de la situación. Te recostaste sobre el diván y con tu dedo indice me arrastraste de las narices hasta tu lado. Arranqué tu ropa con violencia y me arrojé sobre tí con un arrebato casi animal. Como siempre reíste. Quise apoderarme de tu cuerpo despojado de pudor, pero en ese momento vi el punto final en tus ojos, en tus uñas afiladas desgarrándome la espalda, en tu dientes lastimando hasta sangrar mis labios...
Corrí hasta el cuarto, y me senté frente a la hoja que aún permanecía en blanco sobre el escritorio. Hacía mucho tiempo que las palabras no brotaban tan precisas y poéticas al mismo tiempo, tan descriptivas, tan sensitivas: "Y aquella sonrisa irónica se convirtió en un grito ahogado hasta que sus labios rígidos se volvieron inexpresivos". Punto final.
Fin
Corrí hasta el cuarto, y me senté frente a la hoja que aún permanecía en blanco sobre el escritorio. Hacía mucho tiempo que las palabras no brotaban tan precisas y poéticas al mismo tiempo, tan descriptivas, tan sensitivas: "Y aquella sonrisa irónica se convirtió en un grito ahogado hasta que sus labios rígidos se volvieron inexpresivos". Punto final.
Fin
domingo, 30 de diciembre de 2007
Demonios en el alma IV
Estoy parado frente a la puerta aguardando el momento en que llegues para consolar, apretando fuerte contra tu pecho, lo que dejaste de mí. La espera es infinita, mi imaginación también, tanto que el tiempo me sobra para encontrar las mil y un razones por las que despiertas esta rabia, que a pesar de mi esfuerzo, se vuelve incontenible.
Tres golpes, tres repiqueteos fuertes y secos anuncian tu llegada. El corazón me late fuerte. Corro hasta la puerta y te invito a entrar otra vez a mi casa, a mi vida...
(Continuará...)
Tres golpes, tres repiqueteos fuertes y secos anuncian tu llegada. El corazón me late fuerte. Corro hasta la puerta y te invito a entrar otra vez a mi casa, a mi vida...
(Continuará...)
domingo, 16 de diciembre de 2007
Demonios en el alma III
¡Cómo hago para controlar el pulso acelerado de mi pluma con la que ya no puedo escribir ni una sola frase! De pronto me veo reproduciendo tu silueta sobre la hoja que hasta hace minutos estaba en blanco. Descubro mi debilidad y me revelo...
Producto de una abrumadora contradicción de sentimientos, las palabras brotan incesantes y caóticas. Veloces, las frases van develando sucesos macabros y mi deseo incontenible. Te ruego en mi imaginación que me dejes ir, pero tan sarcástica resultaste que prefieres llevarme al límite antes que perder.
(Continuará...)
Producto de una abrumadora contradicción de sentimientos, las palabras brotan incesantes y caóticas. Veloces, las frases van develando sucesos macabros y mi deseo incontenible. Te ruego en mi imaginación que me dejes ir, pero tan sarcástica resultaste que prefieres llevarme al límite antes que perder.
(Continuará...)
domingo, 9 de diciembre de 2007
Demonios en el alma II
Un simple roce, un cruce de miradas encendidas y nada más. Tomaste tus cosas y en el momento menos esperado echaste a correr escaleras abajo, alejándote de mí. Hacía tiempo que no reaccionaba sin pensar, pero no podía librarme de ese impulso de seguirte que sentía enterrado entre las costillas como si fuera el cañón de un arma apuntándome. Y como si se tratara de un asunto de vida o muerte ( y en verdad lo era), bajé los escalones de dos en dos para alcanzarte antes de que llegaras a la puerta de calle.
Al llegar al hall alcancé a ver como te acomodabas en el asiento trasero de un taxi que aceleró hasta perderse en la oscuridad espesa de aquella noche que colmaba mi mente de trágicas, pero placenteras premoniciones.
(Continuará...)
Al llegar al hall alcancé a ver como te acomodabas en el asiento trasero de un taxi que aceleró hasta perderse en la oscuridad espesa de aquella noche que colmaba mi mente de trágicas, pero placenteras premoniciones.
(Continuará...)
viernes, 7 de diciembre de 2007
Demonios en el alma
Dicen que narrador y autor no son la misma cosa, como tampoco lo son autor y personaje; qué ilusos... Nadie parece haberse dado cuenta que se trata de la mentira más sublime en busca de impunidad. Nadie parece querer desmentirla porque nadie quiere aceptar que al igual que los escritores, todos tenemos algo de asesinos y de victimas y a veces soñamos cometer crímenes y otras deseamos el castigo.
Ya no escribo, simplemente reproduzco escenas imaginarias que se mezclan con mi registro de la realidad que de tan vago ya no sé si se trata de recuerdos de otra vida o deseos. Delatado por la hipocresía tantas veces, ahora le doy rienda suelta a esas decenas de facetas que componen mi ser. Libres e independientes son presa fácil de los deseos, porque inconexas ya no pueden detenerse las unas a las otras.
Que comience la acción...
Aquella tarde irrumpiste en mi casa tan violentamente como en mi vida. Te conté mi historia, esa que oculto hasta que me descarto sobre la mesa cuando nadie lo espera mientras disfruto al ver como los demás se sorprenden. Aprovecho esos silencios, baches entre la algarabía y el descontento y con ese tono de voz que tan meticulosamente he estudiado y ensayado comienzo el relato. Cuento historias de ese que fui, pero que hace tiempo dejé de ser. El Mister Hyde que permanece dormido pero siempre latente en mi interior, ese que he aprendido a controlar y que no olvido porque tengo miedo de mí mismo. Pero mientras el resto experimenta esa incómoda necesidad de decir algo sin saber que es lo adecuado, vos sonreís y poco a poco tu sonrisa ladeada, irónica e incrédula muta. Hay que saber mirarte para descubrir ese sarcástico momento en el que tu sonrisa se convierte en carcajada. Resonante, estrepitosa, espontánea, efectista, liberadora que te produce ese instante de placer casi orgásmico del que yo también disfruto.
Te pierdo de vista. No se como hiciste pero lograste escabullirte entre el resto de la gente y librarte de las obligaciones de la cortesía propias del anfitrión. Despido uno a uno a los invitados y te veo parada en el umbral de la puerta de la habitación. Me acerco, no puedo evitarlo aunque quiero alejarme de vos porque lográs sacar lo peor de mí. Me aterroriza ver que eso te gusta tanto como a mí.
Sé que es lo que te gusta porque me lo has dicho sin pudores en interminables charlas de café. Lo relatadas desfachatada como quien cuenta el desenlace del capítulo del día de la telenovela de la tarde. Pero sabías que yo escuchaba atentamente y que sin esfuerzos iba a recordad cada detalle. Y otra vez esa sonrisa que se había convertido en la droga más potente que consumí en mi vida arrancaba de mi interior mi voluntad y me arrastraba a ese lugar por el que hace tiempo no transito y que por prudencia (y desconfianza en mí mismo) jamás juré no volver.
Te levantaste lenta y seductoramente tentándome para que te siguiera, poniendo a prueba tus encantos. Y aunque demoré algunos minutos para generarte expectativa, para escapar de la obviedad de lo que premonitoriamente ambos sabíamos que sucedería dejé que ocurra lo que debía ocurrir. (Continuará...)
Ya no escribo, simplemente reproduzco escenas imaginarias que se mezclan con mi registro de la realidad que de tan vago ya no sé si se trata de recuerdos de otra vida o deseos. Delatado por la hipocresía tantas veces, ahora le doy rienda suelta a esas decenas de facetas que componen mi ser. Libres e independientes son presa fácil de los deseos, porque inconexas ya no pueden detenerse las unas a las otras.
Que comience la acción...
Aquella tarde irrumpiste en mi casa tan violentamente como en mi vida. Te conté mi historia, esa que oculto hasta que me descarto sobre la mesa cuando nadie lo espera mientras disfruto al ver como los demás se sorprenden. Aprovecho esos silencios, baches entre la algarabía y el descontento y con ese tono de voz que tan meticulosamente he estudiado y ensayado comienzo el relato. Cuento historias de ese que fui, pero que hace tiempo dejé de ser. El Mister Hyde que permanece dormido pero siempre latente en mi interior, ese que he aprendido a controlar y que no olvido porque tengo miedo de mí mismo. Pero mientras el resto experimenta esa incómoda necesidad de decir algo sin saber que es lo adecuado, vos sonreís y poco a poco tu sonrisa ladeada, irónica e incrédula muta. Hay que saber mirarte para descubrir ese sarcástico momento en el que tu sonrisa se convierte en carcajada. Resonante, estrepitosa, espontánea, efectista, liberadora que te produce ese instante de placer casi orgásmico del que yo también disfruto.
Te pierdo de vista. No se como hiciste pero lograste escabullirte entre el resto de la gente y librarte de las obligaciones de la cortesía propias del anfitrión. Despido uno a uno a los invitados y te veo parada en el umbral de la puerta de la habitación. Me acerco, no puedo evitarlo aunque quiero alejarme de vos porque lográs sacar lo peor de mí. Me aterroriza ver que eso te gusta tanto como a mí.
Sé que es lo que te gusta porque me lo has dicho sin pudores en interminables charlas de café. Lo relatadas desfachatada como quien cuenta el desenlace del capítulo del día de la telenovela de la tarde. Pero sabías que yo escuchaba atentamente y que sin esfuerzos iba a recordad cada detalle. Y otra vez esa sonrisa que se había convertido en la droga más potente que consumí en mi vida arrancaba de mi interior mi voluntad y me arrastraba a ese lugar por el que hace tiempo no transito y que por prudencia (y desconfianza en mí mismo) jamás juré no volver.
Te levantaste lenta y seductoramente tentándome para que te siguiera, poniendo a prueba tus encantos. Y aunque demoré algunos minutos para generarte expectativa, para escapar de la obviedad de lo que premonitoriamente ambos sabíamos que sucedería dejé que ocurra lo que debía ocurrir. (Continuará...)
domingo, 18 de noviembre de 2007
Imagen, distorsión, reflejo y realidad (Quinta parte)
14.30 hs. Terapia V
La mirada fija. Indescifrable entre inexpresiva e inquisidora; la Doctora indagaba y disfrutaba de mis manos sudorosas, de mis piernas temblorosas y del guiño intermitente producto de un tic nervioso que se acrecentaba. Eran señales, pequeñas alarmas, del cuerpo... del cuerpo...
-¿Ha vuelto a verla?
-Nunca más, aunque la recuerdo todos los días.
Me tomó fuerte del brazo, y violentamente me empujó contra el espejo; me enfrentó a mi reflejo. Juntas su imagen y la mía, realidad innegable. Pensó que debíamos enfrentarlo.
-¡Miráme! No con esa mirada, telescópica, distante...
La miraba, juro que la miraba, de la forma en que podía mirarla, de forma casi radiográfica.
-¿Espejito, Espejito quien es la más linda del reino? ¡Contestá mierda! ¡Contestá!
Comenzó a desvestirse, lentamente, como si fuera un ritual, un macabro rito siniestro.
Caminaba, se acercaba, paso a paso acrecentando la incertidumbre, dilatando el final anunciado -¿No te gusta? ¿No te gusta lo que ves?-
Me tomó del cabello y con fuerza golpeó mi rostro contra el espejo, el vidrio estalló, las astillas se enterraron en mi piel y comencé a sangrar -¿Te duele?- pasándome la yema de sus dedos por las heridas -Estás sangrando... Y pensar que una a una hice desaparecer todas tus dudas... (¿Espejo, espejito? ¿Quién es la mas linda del Reino?).
FIN
La mirada fija. Indescifrable entre inexpresiva e inquisidora; la Doctora indagaba y disfrutaba de mis manos sudorosas, de mis piernas temblorosas y del guiño intermitente producto de un tic nervioso que se acrecentaba. Eran señales, pequeñas alarmas, del cuerpo... del cuerpo...
-¿Ha vuelto a verla?
-Nunca más, aunque la recuerdo todos los días.
Me tomó fuerte del brazo, y violentamente me empujó contra el espejo; me enfrentó a mi reflejo. Juntas su imagen y la mía, realidad innegable. Pensó que debíamos enfrentarlo.
-¡Miráme! No con esa mirada, telescópica, distante...
La miraba, juro que la miraba, de la forma en que podía mirarla, de forma casi radiográfica.
-¿Espejito, Espejito quien es la más linda del reino? ¡Contestá mierda! ¡Contestá!
Comenzó a desvestirse, lentamente, como si fuera un ritual, un macabro rito siniestro.
Caminaba, se acercaba, paso a paso acrecentando la incertidumbre, dilatando el final anunciado -¿No te gusta? ¿No te gusta lo que ves?-
Me tomó del cabello y con fuerza golpeó mi rostro contra el espejo, el vidrio estalló, las astillas se enterraron en mi piel y comencé a sangrar -¿Te duele?- pasándome la yema de sus dedos por las heridas -Estás sangrando... Y pensar que una a una hice desaparecer todas tus dudas... (¿Espejo, espejito? ¿Quién es la mas linda del Reino?).
FIN
lunes, 12 de noviembre de 2007
Imagen, distorsión, reflejo y realidad (Cuarta Parte)
14.30hs. Hipnosis.
La doctora quiso indagar mas allá de lo evidente. Ella que todo lo calculaba no se percató de que yo sabia que en realidad buscaba el lugar donde me habitaba. Mi cuerpo se relajaba y yo... yo viajaba al lugar, al momento, al instante dónde... Decidió preguntarlo y pude sentir su odio etéreo pero profundo, sin expresión alguna. Otra vez todo daba vueltas a mi alrededor. Turbulencia, confusión, respiraciones aceleradas, pieles sudorosas susurros y la traición de mi cuerpo. Locura e incoherencia, la única explicación posible para esta imagen tan ilógicamente distorsionada del amor.
14.30 hs. Terapia IV
-¿Dijiste que bailaba?
-Si, integraba un ballet de danza contemporánea. Salía de gira por algunos países de Latinoamérica como Venezuela, Colombia, México, Uruguay... Un día el productor decidió que ya no era rentable. Fue en ese momento que decidió posar para el taller. Y siguió haciéndolo hasta el momento en que se me reveló la verdad.
-Sigue con la idea de que su cuerpo no representa la magnitud de sus sentimientos.
-¿Por qué cambiaria de opinión?
La doctora me dirigió una mirada aguda punzante, se sentía defraudada. ¿Habría llegado a pensar que aquellos momentos de locura, de lujuria de delirio lograrían un cambio de opinión? ¡Qué cruel! Disfruta cuando caigo una y otra vez, sabe de mi sufrimiento. Ahora me mira indignada, ofendida. Es como si hubiera llegado al fondo de su feminidad, haciéndola dudar de sí misma.
Cuando dejó caer la bata en el atelier, la vi resplandecer. Fue un instante, de intensidad absoluta, de pasión mística de un halo envolvente y espeso... ¿Aún estaría en aquella casa quinta en las afueras de la ciudad?
Tanta paz, tanta calma... Parece que los pájaros cantan más fuerte en este lugar, gritan aturden, molestan. Todo es tan perfecto; armonía absoluta, le resulta repulsivo. Siempre hay algo de atractivo en el caos, de eso se trataba el juego. Sobre todo ahora que comenzaba a desordenar su existencia. Una quinta en las afueras de la ciudad es el escenario perfecto para que una personalidad tan poco compleja y rudimentaria se abasteciera de respuestas, vagas, confusas... La paz que reflejaba en su semblante le produjo una especie de sudor frío (Espejito, espejito...) y algo similar a nauseas. No podía tolerarlo.
En la quinta buscaban las palabras apropiadas, un discurso breve, sencillo para preceder una ceremonia corta y emotiva pero sin demasiado sentimentalismo. Debían evitar que el resto de los fieles se hicieran preguntas. Su alma ha ascendido a un plano superior, una forma de vida elevada, perfecta donde los seres son puro amor... Sin más explicaciones el líder dobló en cuatro el papel dónde había escrito el discurso y dio las indicaciones acerca del lugar donde debían depositar el cuerpo. A unos pocos metros, unos arbustos se agitaban, advertían una presencia que pasó inadvertida. Los pasos se aceleran, la respiración se entrecorta. Cuando llega al hueco que abrió en el alambrado, la mano se afloja y deja caer sobre el césped recién cortado el cuchillo ensangrentado.
(Continuará...)
La doctora quiso indagar mas allá de lo evidente. Ella que todo lo calculaba no se percató de que yo sabia que en realidad buscaba el lugar donde me habitaba. Mi cuerpo se relajaba y yo... yo viajaba al lugar, al momento, al instante dónde... Decidió preguntarlo y pude sentir su odio etéreo pero profundo, sin expresión alguna. Otra vez todo daba vueltas a mi alrededor. Turbulencia, confusión, respiraciones aceleradas, pieles sudorosas susurros y la traición de mi cuerpo. Locura e incoherencia, la única explicación posible para esta imagen tan ilógicamente distorsionada del amor.
14.30 hs. Terapia IV
-¿Dijiste que bailaba?
-Si, integraba un ballet de danza contemporánea. Salía de gira por algunos países de Latinoamérica como Venezuela, Colombia, México, Uruguay... Un día el productor decidió que ya no era rentable. Fue en ese momento que decidió posar para el taller. Y siguió haciéndolo hasta el momento en que se me reveló la verdad.
-Sigue con la idea de que su cuerpo no representa la magnitud de sus sentimientos.
-¿Por qué cambiaria de opinión?
La doctora me dirigió una mirada aguda punzante, se sentía defraudada. ¿Habría llegado a pensar que aquellos momentos de locura, de lujuria de delirio lograrían un cambio de opinión? ¡Qué cruel! Disfruta cuando caigo una y otra vez, sabe de mi sufrimiento. Ahora me mira indignada, ofendida. Es como si hubiera llegado al fondo de su feminidad, haciéndola dudar de sí misma.
Cuando dejó caer la bata en el atelier, la vi resplandecer. Fue un instante, de intensidad absoluta, de pasión mística de un halo envolvente y espeso... ¿Aún estaría en aquella casa quinta en las afueras de la ciudad?
Tanta paz, tanta calma... Parece que los pájaros cantan más fuerte en este lugar, gritan aturden, molestan. Todo es tan perfecto; armonía absoluta, le resulta repulsivo. Siempre hay algo de atractivo en el caos, de eso se trataba el juego. Sobre todo ahora que comenzaba a desordenar su existencia. Una quinta en las afueras de la ciudad es el escenario perfecto para que una personalidad tan poco compleja y rudimentaria se abasteciera de respuestas, vagas, confusas... La paz que reflejaba en su semblante le produjo una especie de sudor frío (Espejito, espejito...) y algo similar a nauseas. No podía tolerarlo.
En la quinta buscaban las palabras apropiadas, un discurso breve, sencillo para preceder una ceremonia corta y emotiva pero sin demasiado sentimentalismo. Debían evitar que el resto de los fieles se hicieran preguntas. Su alma ha ascendido a un plano superior, una forma de vida elevada, perfecta donde los seres son puro amor... Sin más explicaciones el líder dobló en cuatro el papel dónde había escrito el discurso y dio las indicaciones acerca del lugar donde debían depositar el cuerpo. A unos pocos metros, unos arbustos se agitaban, advertían una presencia que pasó inadvertida. Los pasos se aceleran, la respiración se entrecorta. Cuando llega al hueco que abrió en el alambrado, la mano se afloja y deja caer sobre el césped recién cortado el cuchillo ensangrentado.
(Continuará...)
domingo, 4 de noviembre de 2007
Imagen, distorsión, reflejo y realidad (Tercera parte)
La Noche de la Puta
Una puerta espejada se cerraba tras la espalda de ese cliente que se retiraba del 704 de aquella oscura calle en los suburbios de la ciudad. Observó como se acomodaba la bragueta mientras intentaba ocultar esa sonrisa que expresaba satisfacción. Intentó ver mas allá de su piel satisfecha, pero lo encontró más oscuro y opaco; impenetrable. (Espejito, espejito)... Se dio cuenta de que era esa la clase de persona que le había ocasionado aquella forma de pensar tan ilógica y extraña y estaba allí para encontrar la causa de tanta incoherencia. Era verdad, que motivo más efímero que la carne había conducido a aquel hombre hasta allí. Realidad vacía, carente de sentido; el instinto invencible enemigo, había triunfado como tantas veces.
Pero había llegado tarde, ya se había introducido mas allá del umbral, tras abrirse la puerta espejada, podía ver que se había negado al tradicional beso de bienvenida, sin embargo, tenía la certeza de su fracaso.
Quería convencerse de que era un error ¿qué podría encontrar en aquella mujer? Y las contradicciones se convirtieron en ira, esa ira que ciega, que destruye (espejito, espejito)... Aceleró el paso en dirección al hombre que caminaba por la acera, que aún en éxtasis, no percibió la presencia.
Atravesé el umbral de la puerta espejada y me negué al acostumbrado beso de bienvenida.
-No me toques, no me toques.
-No me hagas reír ¿qué venís a buscar? si querés charlar, charlamos; te cobro lo mismo así que hacemos lo que vos quieras.
-Quiero encontrarte a vos, no a tu cuerpo.
-Estas completamente loco.
-Si hubieras intentado, aunque sea por un momento, reconocerte y saber quien sos... Pero te perdiste.
Corrí por las escaleras, atravesé el umbral de la puerta espejada y me perdí en la oscuridad de la noche.
La prostituta lloraba, sabía que dentro de quince minutos escucharía el timbre y tendría que recibir al próximo cliente.
(Espejito, espejito)...
Sintió como si nunca se hubiera conocido. Tantos años pensando que su condición la condenaba. Y sin embargo era ella misma la que se masoqueaba a través de su cuerpo. Algunas veces, mientras estaba con alguno de sus clientes lograba abstraerse, se elevaba como levitando y desde el techo de la habitación se observaba. Sentía pena por sí misma. Había intentado suicidarse varias veces, pero siempre fracasaba. Tenía miedo de morir... tenía miedo de no ser nada. Alguna vez quiso escapar, pero solo pudo tatuarse una mariposa en el pubis.
(Espejito, espejito)...
A una cuadra de la casa de la puerta espejada un grupo de personas preguntan que ocurrió con aquel hombre que yace tendido sobre la vereda. Detrás de la puerta espejada la prostituta se desangra entre las sábanas revueltas de su cama.
(Continuará)
Una puerta espejada se cerraba tras la espalda de ese cliente que se retiraba del 704 de aquella oscura calle en los suburbios de la ciudad. Observó como se acomodaba la bragueta mientras intentaba ocultar esa sonrisa que expresaba satisfacción. Intentó ver mas allá de su piel satisfecha, pero lo encontró más oscuro y opaco; impenetrable. (Espejito, espejito)... Se dio cuenta de que era esa la clase de persona que le había ocasionado aquella forma de pensar tan ilógica y extraña y estaba allí para encontrar la causa de tanta incoherencia. Era verdad, que motivo más efímero que la carne había conducido a aquel hombre hasta allí. Realidad vacía, carente de sentido; el instinto invencible enemigo, había triunfado como tantas veces.
Pero había llegado tarde, ya se había introducido mas allá del umbral, tras abrirse la puerta espejada, podía ver que se había negado al tradicional beso de bienvenida, sin embargo, tenía la certeza de su fracaso.
Quería convencerse de que era un error ¿qué podría encontrar en aquella mujer? Y las contradicciones se convirtieron en ira, esa ira que ciega, que destruye (espejito, espejito)... Aceleró el paso en dirección al hombre que caminaba por la acera, que aún en éxtasis, no percibió la presencia.
Atravesé el umbral de la puerta espejada y me negué al acostumbrado beso de bienvenida.
-No me toques, no me toques.
-No me hagas reír ¿qué venís a buscar? si querés charlar, charlamos; te cobro lo mismo así que hacemos lo que vos quieras.
-Quiero encontrarte a vos, no a tu cuerpo.
-Estas completamente loco.
-Si hubieras intentado, aunque sea por un momento, reconocerte y saber quien sos... Pero te perdiste.
Corrí por las escaleras, atravesé el umbral de la puerta espejada y me perdí en la oscuridad de la noche.
La prostituta lloraba, sabía que dentro de quince minutos escucharía el timbre y tendría que recibir al próximo cliente.
(Espejito, espejito)...
Sintió como si nunca se hubiera conocido. Tantos años pensando que su condición la condenaba. Y sin embargo era ella misma la que se masoqueaba a través de su cuerpo. Algunas veces, mientras estaba con alguno de sus clientes lograba abstraerse, se elevaba como levitando y desde el techo de la habitación se observaba. Sentía pena por sí misma. Había intentado suicidarse varias veces, pero siempre fracasaba. Tenía miedo de morir... tenía miedo de no ser nada. Alguna vez quiso escapar, pero solo pudo tatuarse una mariposa en el pubis.
(Espejito, espejito)...
A una cuadra de la casa de la puerta espejada un grupo de personas preguntan que ocurrió con aquel hombre que yace tendido sobre la vereda. Detrás de la puerta espejada la prostituta se desangra entre las sábanas revueltas de su cama.
(Continuará)
domingo, 28 de octubre de 2007
Imagen, distorsión, reflejo y realidad (segunda parte)
El Episodio del Párroco.
Fui a una iglesia ¡templo de la espiritualidad! A buscar un refugio, allí dónde no hay espejos (¿Porque no quieren que descubramos como nos vemos cuando rezamos? Quizás lo ridículo de la situación pudiera ser un motivo para comenzar a preguntarnos a nosotros mismos...)
La atmósfera, gris, densa... Con el aroma a humedad de las instituciones consagradas.
Me sentía resplandeciente, a punto de vivir una experiencia mística pero lo vi, ahí en la cruz ¡qué espantosa escena! Cuerpo, cuerpo, cuerpo... Sí, el Rey de la espiritualidad, consagración de la bondad como esencia en su estado más puro necesitó un cuerpo y vistió humilde para ocultar la grandeza ¡Qué hipocresía! Y nos perdonó nuestros pecados; y sintió dolor (cuerpo) y sangró (cuerpo) y murió (cuerpo) y resucitó... ¡Entonces tendría que morir para dejar de ser cuerpo!
-Pero el cuerpo es una creación divina hijo; somos imagen y semejanza de Dios quien para llegar a su pueblo necesitó de un cuerpo- dijo el párroco.
-Un cuerpo que jamás logró reflejar su grandeza, su esencia, la realidad, a él mismo...
-Tú dudas, puedes dudar. No puedo ayudarte. Busca las respuestas.
-¿Dónde?
-Quizás tengas razón, solo cuando uno muera... Cuando cuerpo y alma se separen.
-¿Quién soy?
-No lo sé, quizás un poco de ambos...
-¿Acaso usted no deja de sentir su cuerpo?
-Reprimo mi cuerpo, tal vez como ofrenda, tal vez como norma. Sin embargo, esa represión corporal representa parte de mi ser.
-O distorsiona la magnitud de su entrega.
-¿Dudas de mi fe?
-Dudo que su cuerpo sea suficiente para demostrarla.
Primero debemos callar el cuerpo, luego se nos revelará la verdad. Dicen que los ángeles son solo luz... que no tienen género, no tienen sexo... Quizás a ellos se les haya revelado la verdad.
Salió del confesionario aturdido. El sacrificio del cual hacia ostentación no era realmente importante porque su fe, su amor hacia Dios no podía compararse al placer carnal, no, no, no... Pánico, sintió pánico y le sudaban las manos, las manos y la frente. Las gotas de transpiración se deslizaban lentamente sobre su piel. Volteó y vio a Cristo en la cruz y luego aquel óleo de Cristo resucitado... Sin duda sintió que era una revelación. Sintió como si una voz se lo susurrara al oído. Debía morir, solo así descubriría la magnitud de su fe. Y comenzó a sangrar, hasta que se sintió desfallecer.
14,30hs Terapia III
Después de una larga explicación acerca de las diferencias del cuerpo del hombre y la mujer, precedió una demostración carente de pasión artística, aunque sumamente académica -En caso de retratar un hombre -decía el maestro- los trazos deben ser más rústicos, anchos en la espalda, afinándose en las caderas; la mujer en cambio tiene la espalda angosta, y una sinuosa cintura para culminar ensanchándose en una curvilínea cadera; en éste, los trazos deberán ser delicados, tenues...
-En ese momento pensé que había entendido, pensé que cuando me enfrentara al lienzo y viera a los modelos, podría retratarlos resaltando la belleza del cuerpo humano, la perfección, la sensualidad...
-¿Qué ocurrió?- Preguntó la psicóloga mientras tomaba sus notas.
-El maestro de la cátedra dictaminó la consigna: “Deben retratar esta mujer” Y en ese momento apareció ante nosotros la modelo dejando deslizar hasta caer a sus pies la bata blanca que cubría su cuerpo, era perfecto... Pero todo era tan confuso; hubiera podido retratar su cuerpo, hacerlo como el resto de los alumnos (y hundirme en la mediocridad como todo el mundo) pero la consigna había sido clara, debíamos retratar a la mujer y eso abrió para siempre la herida de la diferencia. Como si su cuerpo hubiese desaparecido pinté a la mujer que se había ocultado en ese cuerpo para engañarlos, quizás para protegerla de los mediocres. Pinté, pinté, pinté como nunca pinté... El maestro, supervisor de la apreciación ajena, mediocre solo pudo ver manchas, trazos y pinceladas de colores ¿solo manchas? ¡Logré verla mas allá de esa imagen que distorsionaba la belleza! Logré retratarla a ella, a su esencia; amarillo, naranja, rojo, blanco azul y toques de negro. Maldad, bondad, paz, pasión, inteligencia, conjugándose para conformar ese amorfo ser. Para ellos un artista frustrado. La verdad se hacia presente ante mí.
Sentí como se precipitó su mano dentro de mis pantalones tratando de bajar el cierre con rudeza.
-¿Sabés qué? La piel no puede arrancarse y dejar de sentirse como si fuera la ropa que llevas puesta.
Y quiso convertir ese placer momentáneo en la respuesta; por concreta en la única verdad. Y me sentí despegar mientras mi cuerpo se comportaba de esa forma incomprensible, y la psicóloga sonreía, en parte por placer, en parte por satisfacción de otra partida ganada.
Fui a una iglesia ¡templo de la espiritualidad! A buscar un refugio, allí dónde no hay espejos (¿Porque no quieren que descubramos como nos vemos cuando rezamos? Quizás lo ridículo de la situación pudiera ser un motivo para comenzar a preguntarnos a nosotros mismos...)
La atmósfera, gris, densa... Con el aroma a humedad de las instituciones consagradas.
Me sentía resplandeciente, a punto de vivir una experiencia mística pero lo vi, ahí en la cruz ¡qué espantosa escena! Cuerpo, cuerpo, cuerpo... Sí, el Rey de la espiritualidad, consagración de la bondad como esencia en su estado más puro necesitó un cuerpo y vistió humilde para ocultar la grandeza ¡Qué hipocresía! Y nos perdonó nuestros pecados; y sintió dolor (cuerpo) y sangró (cuerpo) y murió (cuerpo) y resucitó... ¡Entonces tendría que morir para dejar de ser cuerpo!
-Pero el cuerpo es una creación divina hijo; somos imagen y semejanza de Dios quien para llegar a su pueblo necesitó de un cuerpo- dijo el párroco.
-Un cuerpo que jamás logró reflejar su grandeza, su esencia, la realidad, a él mismo...
-Tú dudas, puedes dudar. No puedo ayudarte. Busca las respuestas.
-¿Dónde?
-Quizás tengas razón, solo cuando uno muera... Cuando cuerpo y alma se separen.
-¿Quién soy?
-No lo sé, quizás un poco de ambos...
-¿Acaso usted no deja de sentir su cuerpo?
-Reprimo mi cuerpo, tal vez como ofrenda, tal vez como norma. Sin embargo, esa represión corporal representa parte de mi ser.
-O distorsiona la magnitud de su entrega.
-¿Dudas de mi fe?
-Dudo que su cuerpo sea suficiente para demostrarla.
Primero debemos callar el cuerpo, luego se nos revelará la verdad. Dicen que los ángeles son solo luz... que no tienen género, no tienen sexo... Quizás a ellos se les haya revelado la verdad.
Salió del confesionario aturdido. El sacrificio del cual hacia ostentación no era realmente importante porque su fe, su amor hacia Dios no podía compararse al placer carnal, no, no, no... Pánico, sintió pánico y le sudaban las manos, las manos y la frente. Las gotas de transpiración se deslizaban lentamente sobre su piel. Volteó y vio a Cristo en la cruz y luego aquel óleo de Cristo resucitado... Sin duda sintió que era una revelación. Sintió como si una voz se lo susurrara al oído. Debía morir, solo así descubriría la magnitud de su fe. Y comenzó a sangrar, hasta que se sintió desfallecer.
14,30hs Terapia III
Después de una larga explicación acerca de las diferencias del cuerpo del hombre y la mujer, precedió una demostración carente de pasión artística, aunque sumamente académica -En caso de retratar un hombre -decía el maestro- los trazos deben ser más rústicos, anchos en la espalda, afinándose en las caderas; la mujer en cambio tiene la espalda angosta, y una sinuosa cintura para culminar ensanchándose en una curvilínea cadera; en éste, los trazos deberán ser delicados, tenues...
-En ese momento pensé que había entendido, pensé que cuando me enfrentara al lienzo y viera a los modelos, podría retratarlos resaltando la belleza del cuerpo humano, la perfección, la sensualidad...
-¿Qué ocurrió?- Preguntó la psicóloga mientras tomaba sus notas.
-El maestro de la cátedra dictaminó la consigna: “Deben retratar esta mujer” Y en ese momento apareció ante nosotros la modelo dejando deslizar hasta caer a sus pies la bata blanca que cubría su cuerpo, era perfecto... Pero todo era tan confuso; hubiera podido retratar su cuerpo, hacerlo como el resto de los alumnos (y hundirme en la mediocridad como todo el mundo) pero la consigna había sido clara, debíamos retratar a la mujer y eso abrió para siempre la herida de la diferencia. Como si su cuerpo hubiese desaparecido pinté a la mujer que se había ocultado en ese cuerpo para engañarlos, quizás para protegerla de los mediocres. Pinté, pinté, pinté como nunca pinté... El maestro, supervisor de la apreciación ajena, mediocre solo pudo ver manchas, trazos y pinceladas de colores ¿solo manchas? ¡Logré verla mas allá de esa imagen que distorsionaba la belleza! Logré retratarla a ella, a su esencia; amarillo, naranja, rojo, blanco azul y toques de negro. Maldad, bondad, paz, pasión, inteligencia, conjugándose para conformar ese amorfo ser. Para ellos un artista frustrado. La verdad se hacia presente ante mí.
Sentí como se precipitó su mano dentro de mis pantalones tratando de bajar el cierre con rudeza.
-¿Sabés qué? La piel no puede arrancarse y dejar de sentirse como si fuera la ropa que llevas puesta.
Y quiso convertir ese placer momentáneo en la respuesta; por concreta en la única verdad. Y me sentí despegar mientras mi cuerpo se comportaba de esa forma incomprensible, y la psicóloga sonreía, en parte por placer, en parte por satisfacción de otra partida ganada.
domingo, 21 de octubre de 2007
Imagen, distorsión, reflejo y realidad
El espejo roto, la ropa hecha trizas, el desastre esparcido por toda la habitación. Ruinas de lo que alguien fue. En el piso mi cuerpo recostado, desnudo, en posición fetal; implorando por su identidad perdida. Más tarde rituales y tradición en honor a la nada, después, el fin.
“Espejo, espejito ¿Quién es la más linda del reino?” Belleza, primera concepción de la existencia del cuerpo; del cuerpo, no de mi existencia. Resalto este último punto por considerarlo primordial. Me miro en el espejo; allí donde los ojos se hacen internos y puedo verme, o en realidad, donde puedo verme contenido en mi cuerpo, envase de lo presumiblemente inalienable naturalizado como uno mismo. Tomo mi cuerpo y lo coloco en un pedestal. Lo corono y lo idolatro... Imagen y semejanza del todopoderoso; bello, perfecto. No tan puro pero hermoso. Y pienso en la belleza como en la consagración de este disfraz en el que me escondo. Del polvo vinimos y hacia el polvo vamos, paradoja utópica de una realidad inaceptada. Me produzco y me reproduzco a través de este reflejo distorsionado de lo que en verdad soy.
14,30 hs. Terapia
Me pregunté que había ido a buscar. Me contesté que quizás hallaría la forma de encontrarme a mí mismo sin limitaciones corporales. Obstáculo que me impedía creer que ese a quien veía frente al espejo era yo mismo. Y sin embargo, aún convencido de que este macabro envase era quien truncaba esta búsqueda casi mística de mí mismo, me preguntaba si yo mismo existiría sin cuerpo. Pero esto va más allá; esto tiene que ver con el arte. Es como pintar un cuadro, una imagen poco realista, una imagen inmortal de una realidad que no es tal, una interpretación sumamente subjetiva.
-¿Y las mujeres?, me preguntó la psicóloga.
-¿Qué?
-Si, me refiero al momento donde el cuerpo es fundamental, irrenunciable, necesario ¿Su cuerpo, no responde a los estímulos sexuales?
Una vez más estaba minimizándolo todo. Yo le hablaba de un camino donde pudiera expresarme incondicionalmente... ¡Otra vez el cuerpo!
Una carcajada, una lágrima, algo. ¿Pero estas expresiones de mi cuerpo expresan en su totalidad todas mis sensaciones?
Me preguntaba por el sexo; contacto de un cuerpo con otro. Qué forma primitiva de interactuar unos con otros, de expresar nuestros sentimientos, nuestra atracción. Me pensaba sujeto entre sus piernas poseído por esa extraña sensación que embarga a los ingenuos. La posibilidad de sentir algún tipo de placer tan carnal como momentáneo. Buscaba su felicidad y su tristeza; su inteligencia, el amor, el odio, la pasión, la bondad, la maldad, su creatividad pero como extracto, como esencia. Como pigmento virgen, concentrado, puro...
-Alineación corporal (Ese fue el diagnóstico)convertido casi en una paranoia (una obsesión tormentosa)
Dueña de sí misma, con indiferencia me despidió hasta la semana próxima.
14,30 hs. Terapia II
Para que describirla si yo la miraba allá... en las profundidades rocosas, frías e inertes de la pasión reprimida por el intelectualismo abstracto que impulsaba su vida. Quisiera arrancarme esta piel que me traiciona, esta piel que me oculta y me condena al capricho.
Quizás mi enigma le planteaba un desafío; y se acercó muy lentamente violando el frágil limite demarcado entre la feminidad y el instinto. Y el cuerpo preso de la seducción ¡Ritual nauseabundo de animales en celo! Como una sacerdotisa quiso que comulgue, que sea parte de aquella alianza del cuerpo, de mi cuerpo con el suyo. Sentirlo... Los siguientes encuentros serían iguales hasta transformarse en una estratégica rutina en la que cada uno jugaba su juego. A veces ella ganaba la partida y casi podía sentirme cuerpo, su desafío personal como hembra desenfrenada, desbocada... (Continuará)
“Espejo, espejito ¿Quién es la más linda del reino?” Belleza, primera concepción de la existencia del cuerpo; del cuerpo, no de mi existencia. Resalto este último punto por considerarlo primordial. Me miro en el espejo; allí donde los ojos se hacen internos y puedo verme, o en realidad, donde puedo verme contenido en mi cuerpo, envase de lo presumiblemente inalienable naturalizado como uno mismo. Tomo mi cuerpo y lo coloco en un pedestal. Lo corono y lo idolatro... Imagen y semejanza del todopoderoso; bello, perfecto. No tan puro pero hermoso. Y pienso en la belleza como en la consagración de este disfraz en el que me escondo. Del polvo vinimos y hacia el polvo vamos, paradoja utópica de una realidad inaceptada. Me produzco y me reproduzco a través de este reflejo distorsionado de lo que en verdad soy.
14,30 hs. Terapia
Me pregunté que había ido a buscar. Me contesté que quizás hallaría la forma de encontrarme a mí mismo sin limitaciones corporales. Obstáculo que me impedía creer que ese a quien veía frente al espejo era yo mismo. Y sin embargo, aún convencido de que este macabro envase era quien truncaba esta búsqueda casi mística de mí mismo, me preguntaba si yo mismo existiría sin cuerpo. Pero esto va más allá; esto tiene que ver con el arte. Es como pintar un cuadro, una imagen poco realista, una imagen inmortal de una realidad que no es tal, una interpretación sumamente subjetiva.
-¿Y las mujeres?, me preguntó la psicóloga.
-¿Qué?
-Si, me refiero al momento donde el cuerpo es fundamental, irrenunciable, necesario ¿Su cuerpo, no responde a los estímulos sexuales?
Una vez más estaba minimizándolo todo. Yo le hablaba de un camino donde pudiera expresarme incondicionalmente... ¡Otra vez el cuerpo!
Una carcajada, una lágrima, algo. ¿Pero estas expresiones de mi cuerpo expresan en su totalidad todas mis sensaciones?
Me preguntaba por el sexo; contacto de un cuerpo con otro. Qué forma primitiva de interactuar unos con otros, de expresar nuestros sentimientos, nuestra atracción. Me pensaba sujeto entre sus piernas poseído por esa extraña sensación que embarga a los ingenuos. La posibilidad de sentir algún tipo de placer tan carnal como momentáneo. Buscaba su felicidad y su tristeza; su inteligencia, el amor, el odio, la pasión, la bondad, la maldad, su creatividad pero como extracto, como esencia. Como pigmento virgen, concentrado, puro...
-Alineación corporal (Ese fue el diagnóstico)convertido casi en una paranoia (una obsesión tormentosa)
Dueña de sí misma, con indiferencia me despidió hasta la semana próxima.
14,30 hs. Terapia II
Para que describirla si yo la miraba allá... en las profundidades rocosas, frías e inertes de la pasión reprimida por el intelectualismo abstracto que impulsaba su vida. Quisiera arrancarme esta piel que me traiciona, esta piel que me oculta y me condena al capricho.
Quizás mi enigma le planteaba un desafío; y se acercó muy lentamente violando el frágil limite demarcado entre la feminidad y el instinto. Y el cuerpo preso de la seducción ¡Ritual nauseabundo de animales en celo! Como una sacerdotisa quiso que comulgue, que sea parte de aquella alianza del cuerpo, de mi cuerpo con el suyo. Sentirlo... Los siguientes encuentros serían iguales hasta transformarse en una estratégica rutina en la que cada uno jugaba su juego. A veces ella ganaba la partida y casi podía sentirme cuerpo, su desafío personal como hembra desenfrenada, desbocada... (Continuará)
martes, 25 de septiembre de 2007
Nunca quise que te fueras
Envases, envases, envases... vacíos ¿De qué sirven? Clasificados, rotulados, identificados... El contenido hace tiempo evaporado no deambula volátil, no está libre simplemente perdido. ¿Qué consuelo nos queda? El egoísmo. Los que se van, los que se quedan; casualidad y misterio. Incomprensible en esencia, incomprensible de hecho.
La ausencia no es terrible, el problema es que la tuya es eterna. El problema no es que te fuiste, el problema es que lo hiciste antes de que pudiera decirte que quería que te quedes; y la frase se me queda atravesada en la garganta recordándome el destiempo cada vez que trago saliva conteniendo el llanto que se empecina.
Dejaste la puerta entreabierta golpeándose contra el marco a causa de la ráfaga que provocaste al salir tan rápido.Puedo verte por la hendija y me arrepiento. Sé que no puedo pasar al otro cuarto por eso espero, mientras tanto te recuerdo.
No sé si tenés alas, no idealizo. El recuerdo me alcanza para saber lo que fuiste conmigo
La ausencia no es terrible, el problema es que la tuya es eterna. El problema no es que te fuiste, el problema es que lo hiciste antes de que pudiera decirte que quería que te quedes; y la frase se me queda atravesada en la garganta recordándome el destiempo cada vez que trago saliva conteniendo el llanto que se empecina.
Dejaste la puerta entreabierta golpeándose contra el marco a causa de la ráfaga que provocaste al salir tan rápido.Puedo verte por la hendija y me arrepiento. Sé que no puedo pasar al otro cuarto por eso espero, mientras tanto te recuerdo.
No sé si tenés alas, no idealizo. El recuerdo me alcanza para saber lo que fuiste conmigo
domingo, 16 de septiembre de 2007
Opuestos
Di un paso más, sin pensarlo, simple impulso. Respiré hondo; llené mis pulmones y me zambullí en el agua, en lo profundo. No me dio miedo, no tuve tiempo y aunque pienso y me flagelo no me arrepiento. Fue tan intenso como quise y tan distante al mismo tiempo. Fue un cruce en una intersección, un instante coincidente, nada más.
La oscuridad nunca me dio miedo y juro que a veces la prefiero. Llueve impiadosamente y yo río, simplemente río porque mojarme nunca me dio miedo. Y corro bajo el agua porque no me importa resbalar y caerme. El viento sopla y dejo que me arrastre, que me lleve porque es lo más parecido a volar que conozco.
Pero a veces me quedo paralizada en medio de la tormenta y veo como te refugias para no mojarte, bajo un farol para no quedar a oscuras, aferrado para que el viento no te arrastre.
Y mientras me decido si es decepción, un error o un futuro olvido me quito el abrigo. Porque aunque no quieras creerlo, tampoco le tengo miedo al frío.
La oscuridad nunca me dio miedo y juro que a veces la prefiero. Llueve impiadosamente y yo río, simplemente río porque mojarme nunca me dio miedo. Y corro bajo el agua porque no me importa resbalar y caerme. El viento sopla y dejo que me arrastre, que me lleve porque es lo más parecido a volar que conozco.
Pero a veces me quedo paralizada en medio de la tormenta y veo como te refugias para no mojarte, bajo un farol para no quedar a oscuras, aferrado para que el viento no te arrastre.
Y mientras me decido si es decepción, un error o un futuro olvido me quito el abrigo. Porque aunque no quieras creerlo, tampoco le tengo miedo al frío.
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